domingo, 31 de agosto de 2008

Carlos Ruiz Zafón, La Sombra Del Viento



...Aquel encuentro en la sala de música del piso de la plaza Real fue el primero entre muchos más a lo largo de aquel verano de 1945 y de los años que siguieron. Pronto mis visitas al piso de los Barceló se hicieron casi diarias, menos los martes y jueves, días en que Clara tenía clase de música con el tal Adrián Neri. Pasaba horas allí y con el tiempo me aprendí de memoria cada sala, cada corredor y cada planta el bosque de don Gustavo. La Sombra Del Viento nos duró un par de semanas, pero no nos costó trabajo encontrar sucesores con que llenar nuestras horas de lectura. Barceló disponía de unas fabulosa biblioteca y, a falta de más títulos de Julián Carax, nos pseamos por docenas de clásicos menores y de frivolidades mayores. Algunas tardes apens leíamos y nos dedicábamos sólo a conversar o incluso a salir a dar un paseo por la plaza o a caminar hasta la catedral. A Clara le encantaba sentarse a escuchar los murmullos de la gente en el claustro y adivinar el eco de los pasos en los callejones de piedra. Me pedía que le describiese las fachadas, las gentes, los coches, las tiendas, las farolas y los escaparates a nuestro paso. A menudo, me tomaba del brazo y yo la guiaba por nuestra Barcelona particular, una que sólo ella y yo podíamos ver. Siempre acabábamos en una granja de la calle Petritxol, compatiendo un plato de nata o un suizo con melindros. A veces la gente nos miraba de refilón, y más de un camarero listillo se refería a ella como "tu hermana mayor", perom yo hacía caso omiso de burlas e insinuaciones...

domingo, 10 de agosto de 2008

Alice


Alice despertó con el sonido del viejo reloj dando las campanadas de medianoche. La sábana con la que se había cubierto al acostarse tan sólo la tapaba hasta la cintura y caía por uno de los costados de la cama. La luz de la luna llena que se filtraba por la sucia ventana daba una singular luminosidad al escaso mobiliario de la estancia. El suelo de madrea crujió bajo sus pies al levantarse de la cama. Anduvo hasta el espejo colgado de la pared. El marco de éste estaba bellamente decorado con pequeños dibujos de oro y plata. El espejo le devolvió el reflejo de una niña de diez años de ojos color chocolate. Su cabello castaño oscuro y liso enmarcaba el delicado rostro de una muñeca piel blanca y pecas en las mejillas. . El viento penetraba por las rendijas y hacía danzar a las cortinas, creando siniestras sombras en su dulce cara.
Volvió la cabeza hacia la ventana. Fuera reinaba el silencio. Recordó la tarde anterior, cuando entró en el sótano de la casa abandonada, justo antes de que las bombas comenzasen a caer sobre la ciudad. En su inocencia, pensó que las bombas eran una tormenta y se durmió, abrazada a un peluche de un gato que había encontrado en la primera planta de la casa. Nunca había tenido un peluche, pues sus padres no podían permitirse tal lujo.
Subió las viejas escaleras y abrió la puerta que daba al exterior. Traspasó el umbral con el gato bien abrazado, como si tuviese miedo de perderlo.
Las casas a su alrededor habían sido convertidas en escombros, cristales inundaban las calles y los cuerpos inmóviles de los ciudadanos. Extrañada, se preguntó cómo podían estar durmiendo en la calle. La nieve caía dulcemente, cubriendo todo en un intento de devolver la normalidad al lugar. El cielo tenía un extraño color cobrizo.
También la casa abandonada detrás de ella había sufrido graves daños por las explosiones. Miró a su alrededor con horror. Tenía frío y no tenía nada con lo que arroparse. Iba descalza y el vestido blanco-azulado de tirantes le llegaba hasta la mitad de los muslos. Agarró con más fuerza al gato y comenzó a caminar de puntillas, con cuidado de no clavarse ningún cristal. Unas calles más allá encontró unos zapatos de su talla en una tienda de zapatos medio derruida. Cuando volvió a salir a la calle de nuevo el miedo la embargó por completo. No había caído en la cuenta de que toda la ciudad había sido reducida a escombros. Sus ojos se humedecieron. Comenzó a correr, desesperada, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas, enrojecidas por el esfuerzo y el frío.
De vez en cuando paraba para coger aire, pero en seguida seguía corriendo, pues no podía soportar la imagen de la ciudad ni del cielo rojo.
Cuando llegó a las afueras de la ciudad, el cielo comenzaba a clarear a lo lejos.
Agotada y con los músculos entumecidos por el frío cayó sobre el césped, húmedo del rocío.

Cuando abrió los ojos estaba en la parte trasera de una lujosa limusina. Las piernas le dolían tanto que pensó que no podría moverlas y las costillas le dolían al respirar. Su cabeza estaba apoyada en las piernas de un joven. Éste miraba hacía las montañas que se abrían a lo lejos. Levaba el pelo cobrizo recogido en una coleta que le llegaba hasta la mitad de la espalda y varios mechones más cortos caían en suaves ondas sobre su rostro. La niña se movió un poco y el muchacho la miró. Sus ojos eran cálidos y la transportaron a un mundo soleado por unos instantes.
Alice buscó al gato por el asiento, pero no lo encontró. El joven, al ver que la niña miraba todo a su alrededor y sus ojos se llenaban de lágrimas preguntó:
-Suchst du das Kätchen? ¿Buscas al gatito?
La niña asintió con los ojos llenos de lágrimas. El muchacho le dijo algo al conductor y éste le dio el peluche, que estaba en el asiento del copiloto. La niña abrazó el gato aliviada. El joven sonrió y acarició el pelo de la niña con dulzura.
-¿Cómo te llamas?- preguntó
-Alice-. contestó la niña casi en un susurro- Gracias por rescatarme
...
Otra historia más escrita por mí. (Creo que ya es obvio por lo mal que escribo, pero bueno)

viernes, 8 de agosto de 2008

Victoria Francés, Favole (II)

En el camino entre la vida y la muerte, abrió los ojos por unos instantes al mundo de los espectros. Sorprendida, observó como una doncella fantasmal de cabellos cárdenos abrazaba su cuerpo sin vida y lamía la sangre de su falda...
-¿Eres tú la muerte?- preguntó el alma de la niña a la misteriosa vampira.
-No, tu sangre es mi alimento; éste es el mundo de los espectros. La muerte es un ángel, ¿recuerdas?-respondió Favole.
"...Angelique...", susurraban las ráfagas de viento y nieve a su llegada.
Y antes ellas apareció un hermoso ángel de alas negras que sonreía dilcemente mientras iba dejando a su paso una senda de violetas deshojadas... Perséfone snrió al ángel de sus canciones, al tiempo que su alma desaparecía en la más absoluta felicidad. Jamás volvería a estar enferma...
Pro Favole continuaba en el mundo de los espectros mientras degustaba la sangre de un cuerpo recién fallecido y miraba de nuevo a la bella dama de alas negras. Su cabello era largo y oscuro, sus ropas permanecían extendidas en la nieve y cientos de mariposas violáceas revoloteaban a su rededor.
Como si de un sueño se tratase, la hrmosa dama se agachó ante Favole y le acarició el rostro. Volvió a sonreír y desapareció, llevándose consigo el alma de la niña...
Un sendero interminable de violetas comenzó a formarse en la nieve y Favole, impulsada por una fuerza superior, se alzó siguiendo aquel rumbo. A lo lejos, un castillo imponente se alzaba sobre el país de los espectros...