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...Me alcé hacia ella. Su brazo me rodeó y apartó el cabello del rostro. Extendí los brazos para abrazarla por el cuello porque no podía hacer otra cosa. Estábamos demasiado cerca para otro posible signo de amor.Sentí la suave seda de su pelo trenzado, y la frialdad y firmeza de sus hombros, de su brazo. Pero ella no me miró. Era un objeto petrificado. ¿Podía mirarme?¿Había decidido permanecer en silencio, con la vista clavada al frente? ¿Era presa de un hechizo malévolo, un hechizo del que sólo podían despertarla un millar de himnos?En mi delirio vi las palabras grabadas en unas piezas de oro entre las joyas de su collar. "Traedme al malvado y beberé su sangre."Tuve la impresión de que me hallaba en el desierto y el collar daba tumbos por la arena, arrastrado por el viento, como el cadáver del ser abrasado. Abatido, perdido, para ser rehecho.Sentí como si un imán invisible atrajera mi cabeza hacia su cuello. Ella extendió los dedos sobre mi pelo, dirigiendo los movimientos de mi cabeza, instando a mis labios a sentir aquella piel.Ella ladeó la cabeza ligeramente, apartado un poco el rostro, mostrándome el cuello. Vi con toda nitidez la vena de la que ella deseaba que bebiera.La Reina pasó los dedos delicadamente a través de mi pelo, sin tirar de él y sin lastimarme, simplemente tomándome la cabeza, haciéndome experimentar un delicioso éxtasis, instándome con suavidad a aproximar el rostro y que mis labios ya no pudieran rehuir el contacto con su explendorosa piel...
"...De pronto se alzó el velo que durante toda mi vida se había interpuesto entre mí y las cosas que me rodeaban; ahora, bajo sus colores y formas auténticas, mostraban su auténtico porpósito e identidad: la Reina, con la vista clavada al frente, permanecía inmóvil como el Rey. La vida no podía haber imitado esa serenidad, esa absoluta parálisis. Oí que caían unas gotas de agua de las flores, una minúsculas gotas que daban sobre el suelo de mármol; oí también la caída de una hoja. Al volverme vi la minúscula hoja, rizada, meciéndose sobre las losas. Oí la brisa deslizarse debajo del dorado techo abovedado. Las llamas de las lámparas entonaban una canción.
El mundo se componía de canciones entretejidas, esa un tapiz formado por canciones. Los mosaicos multicolores refulgían, luego perdían su forma y dibujo. Los muros se disolvían en una bruma coloreada que nos envolvía, a través de la cual podían vagar eternamente...."
2. Ha pasado un ángel...... En una de las encrucijadas del laberinto encontró una curiosa señalización que marcaba el camino hacia un supuesto castillo que se divisaba a lo lejos.Aquel nuevo camino estaba plagado e mendigos que dormían en silencio y jóvenes escuálidos que inyectaban extrañas sustancias en sus venas. Sus miradas se perdían en el cielo del atardecer, mientras Arlene pasaba junto a todos ellos sin saber cómo calmar su sufrimiento...Uno de aquellos seres llamó poderosamente su atención , pues llevaba una máscara con la que se cubría medio rostro y su cuerpo estaba lleno de cicatrices precidas a la que Arlene lucía en su pecho izquierdo.La muñeca intentó imaginar cómo sería su rostro si retirase aquella máscara, y en su mente creó una imagen de aquel joven que acabó por enamorarla, pues sus facciones parecían las mismas ue poseían los ángeles en su imaginación.De repente, el joven retiró la máscara y dejó al descubierto su medio rostro quemado... Por unos momentos, Arlene se sorprendió ante aquella visión, pero al volver a observar aquella mirada angelical, se acercó hacia su piel quemada y besó sus labios, totalmente enamorada.Cayó la noche en aquel laberinto de soledad, y Arlene abrazó a su miserioso compañero para dormir sobre su pecho, mientras escuchaba la dulce música que emitían los latidos de su corazón....