martes, 13 de mayo de 2008

"Libera me", responsorio del OFFICIUM DEFUCTORUM


"Ab omni malo, libera nos, Domine. Ab omni pecato, libera.
Ab ira tua, libera. A subitanea et improvisa morte, libera.
Ab insidiis diaboli, libera. Ab ira, et odio, et omni mala voluntate, libera.
A morte perpetua, libera.
Libera me, Domine. de morte aeterna in die illa tremenda
quando caeli movendi sunt et terra
dum veneris judicare saeculum per ignem."

lunes, 12 de mayo de 2008

Carlos Ruiz Zafón, Marina


"...Una tarde, a finales de septiemre de 1979, decidí aventurarme por azar en una de aquellas avenidas sembradas de palacetes modernistas en la que no había reparado hasta entonces. La calle describía una curva que terminaba en una verja igual que muchas otras.Má allá se extendían los restos de un viejo jardín marcado por décadas de abandono. Entre la vegetación se apreciaba la silueta de una vivienda de dos pisos. Su sombría fachada se erguía tras una fuente con esculturas que el tiempo había vestido de musgo.
Empezaba a oscurecer y aqel rincón se me antojó un tanto siniestro. Rodeado por un silencio mortal, únicamente la brisa susurraba una advertencia sin palabras. Comprendí que me había metido en una de las zonas "muertas" del barrio. Decidí que lo mejor era regresar sobre mis pasos y volver al internado. Estaba debatiéndome entre la fascinación morbosa hacia aquel lugar olvidado y el sentido común cuando advertí dos brillantes ojos amarillosbencendidos en la penumbra, clavados en mí como dagas. Tragué saliva.
El pelaje gris y aterciopelado de un gato se recortaba inmóvil frente a la verja del caserón. Un pequeño gorrión agonizaba entre sus fauces. Un cascabel plateado pendía del cuello del felino. Su miada me estudió durante unos segundos. Poco después se dio media vuelta y se deslizó entre los barrotes de metal. Lo vi perderse en la inmensidad de aquel edén maldito portando al gorrión en su último viaje.
La visión de aquella pequeña fiera altiva y desafisnte me cautivó. A juzgar por su lustroso pelaje y su cascabel, intuí que tenía dueño. Tal vez aquel edificio albergaba algo más que los fantasmas de una Barcelona desaparecida. Me acerqué y posé las manos sobre los barrotes de la entrada. El metal estaba frío. Las últimas luces del crepúsculo encendían el rastro que las gotas de sangre del gorrión habían dejado a través de aquella selva. Tragué saliva otra vez. Mejor dicho, lo intenté. Tenía la boca seca. El pulso, como si supiese algo que yo ignoraba, me latía en las sienes con fuerza. Fue entonces cuando sentí ceder bajo mi peso la puerta y comprendí que estaba abierta.
Cuando di el primer paso hacia el interior, la luna iluminaba el rostro pálido de los ángeles de piedra de la fuente. Me observaban. Los pies se me habían clavado en el suelo. Esperaba que aquellos seres saltasen de sus pedestales y se transformasen en demonios armados de garras lobunas y lenguas de serpiente. No sucedió nada de eso. Respiré profundamente, considerando la posibilidad de anular mi imaginación o, mejor aún, abandonar mi tímida exploración de aquella propiedad. Una vez más, alguien decidió por mí. Un sonido celestial invadió las sombras del jardín igual que un perfume. Escuché los perfiles de aquel susurro cincelar un aria acompañada al piano. Era la voz más hermosa que jamás había oído..."

lunes, 28 de abril de 2008

Entrevista Con El Vampiro (II)


..."Entonces quiso un ataúd propio, lo que me hirió más de lo que le permití darse cuenta. ¿ Cuántos años había dormido con ella como si fuera parte de mi?
-No lo quiero si te hace sufrir-me confió en voz tan baja que si un ser humano nos hubiese abrazado, no poría haberla escuchado ni sentido su aliento-Siempre me quedaré contigo. Pero debo tenerlo, ¿comprendes? Un ataúd para una niña.
Íbamos a ir a ver al fabricante de ataúdes. Una obra, una tragedia en un solo acto: yo la dejaría en la pequeña sala y confesaría en la antecámara que ella se moriría. Ella debía tener lo mejor, pero no debía saberlo; y el fabricante, conmovido por la tragedia, se lo debía hacer, viéndola ahí vestida de blanco, dejando escapar una lágrima pese a todos sus años.
Detestaba hacer eso, detestaba jugar al gato y al ratón con el indefenso ser humano. Pero, sin más esperanzas, era se amante y la llevé allí y la senté en el sofá, donde quedó con las manos cruzadas, con su pequeño sombrero inclinado, como si no supiera lo que nosotros murmurábamos al lado. El fabricante era un viejo hombre de color, muy educado, quien rápidamente me apartó a un lado para que "la niña" no nos oyera..."