lunes, 28 de abril de 2008

Entrevista Con El Vampiro (II)


..."Entonces quiso un ataúd propio, lo que me hirió más de lo que le permití darse cuenta. ¿ Cuántos años había dormido con ella como si fuera parte de mi?
-No lo quiero si te hace sufrir-me confió en voz tan baja que si un ser humano nos hubiese abrazado, no poría haberla escuchado ni sentido su aliento-Siempre me quedaré contigo. Pero debo tenerlo, ¿comprendes? Un ataúd para una niña.
Íbamos a ir a ver al fabricante de ataúdes. Una obra, una tragedia en un solo acto: yo la dejaría en la pequeña sala y confesaría en la antecámara que ella se moriría. Ella debía tener lo mejor, pero no debía saberlo; y el fabricante, conmovido por la tragedia, se lo debía hacer, viéndola ahí vestida de blanco, dejando escapar una lágrima pese a todos sus años.
Detestaba hacer eso, detestaba jugar al gato y al ratón con el indefenso ser humano. Pero, sin más esperanzas, era se amante y la llevé allí y la senté en el sofá, donde quedó con las manos cruzadas, con su pequeño sombrero inclinado, como si no supiera lo que nosotros murmurábamos al lado. El fabricante era un viejo hombre de color, muy educado, quien rápidamente me apartó a un lado para que "la niña" no nos oyera..."

domingo, 27 de abril de 2008

Anne Rice, Entrevista Con El Vampiro


-Sería una niña demoníaca para siempre-dijo, y su voz fue suave como si se sorprendiese de ello-.Igual que yo soy el mismo hombre joven que cuando morí. ¿Y Lestat? Lo mismo.
Pero su mente... era la mente de un vampiro. Y yo traté de saber cómo se acercaba a la madurez femenina. Empezó a hablar más, aunque jamás dejó de ser una persona reflexiva, y podía escucharme pacientemente durante horas sin interrupción. Sin embargo, más y más su cara de muñeca pareció poseer dos ojos absolutamente adultos; y la inocencia pareció perderse de algún modo entre muñecas olvidadas, y la pérdida de una cierta paciencia. Había algo fatalmente sensual en ella cuando se tiraba en el sofá con un camisón pequeño de lazo y perlas; se convirtió en una seductora fantasmal y poderosa; su voz se volvió más cristalina y dulce que nunca, aunque tenía una resonancia que era de mujer, una agudeza que a veces impresionaba. Después de días de acostumbrada quietud, de repente se oponía a las predicciones de Lestat acerca de la guerra; o, bebiendo sangre de una copa de cristal, decía que no había libros en la casa, que deberíamos conseguir más aunque tuviéramos que robarlos; y luego, fríamente, me hablaba de una librería de la que había oído hablar, en una manssión palaciega en el Faubourg Sainte-Marie. Allí había una mujer que coleccionaba libros como si fueran piedras o mariposas disecadas. Me preguntaba si yo me podía meter en el dormitorio de la mujer.
Me quedaba estuoefacto en esas ocasiones; su mente era imprevisible, desconocida. Pero luego se sentaba en mis rodillas y me acariciaba el pelo suavemente, susurrándome al oído que yo nunca iba a crecer como ella, hasta que supiera que matar era lo más serio del mundo, no los libros ni la música...
-Siempre la música...- me susurraba.
-Muñeca, muñeca- le decía yo.
Pues eso era lo que era. Una muñeca mágica. La risa y el intelecto infinito y luego la cara de redondas mejillas, la boca como una flor.
-Déjame que te vista, deja que te peine- le decía como una vieja costumbre, consciente de su sonrisa y de que me miraba con un velo de aburrimiento en su expresión....

miércoles, 23 de abril de 2008

Coplas de Jorge Manrique


I
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando:
cuán presto se va el placer,
cómo después de acordado
da dolor,
como a nuestro parescer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor
II
Y pues vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado, si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
porque todo ha de pasar
por tal manera
III
Nuestras vidas son los ríos
que van a parar al mar
que es morir:
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí, los ríos cuadales,
allí, los ríos medianos,
y más chicos;
allegados, son iguales,
los que viven por sus manos
y los ricos
VII
Si fuese en nuestro poder
tomar la cara fermosa
corporal
como podemos hacer
el ánima glorïosa
angelical,
¡qué diligencia tan viva
toviéramos toda hora
y tan presta
en componer la cativa,
dejándonos la señora
descompuesta